Nunca discutas con un imbécil, te hará descender a su nivel y allí te ganará por experiencia

Si vienes con un problema y no traes la solución, tu eres parte del problema

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viernes, 28 de septiembre de 2018

La puerta


Había pasado la comida y retiradas las bandejas. Tocaba siesta o reposo en la cama. Unos nudillos tocaron suavemente en la puerta, que se abrió seguidamente y allí apareció el celador con la silla de ruedas para llevarme en presencia del equipo médico que me llevaba y reclamaba. Era un imprevisto del cual me quejé, pero de nada sirvió. El tipo era alto y cuadrado, le pregunte por su estatura y me comentó que dos veinte y que había sido jugador de baloncesto, que tuvo que dejar por las lesiones en las rodillas. Las puertas se le quedaban pequeñas y en algunas tenía que doblar el cuello.

Como de costumbre cuando vas a hacer una prueba, me llevó por largos pasillos y bajamos en ascensor al sótano, la parte que menos conocía del hospital, por donde continuamos a buena marcha, hasta llegar a una puerta, que una vez franqueada, daba paso a una amplia estancia con una gran mesa en forma de u, ocupada por batas verdes y blancas, con sus estetoscopios al cuello, y bolsillos llenos de agendas, papeles y bolis. Había un ligero murmullo provocado por las conversaciones. Nadie se percató de nuestra presencia, salvo el que parecía ejercía la presidencia, que nos hizo una señal para que nos acercáramos. A su lado había un sitio libre que fue el que tuve el honor de ocupar. Fue entonces cuando me fijé que la mesa estaba llena de los diferentes menús hospitalarios, a cual peor, y que nadie había tocado. También que quien había reclamado mi presencia era uno de los más afamados médicos y gran jefazo. Me explicó que algunos días invitaban a un paciente a su mesa, que en esta ocasión me había tocado a mí, lo que me llevó a recordar aquella campaña franquista de la década de los 50 del siglo pasado, de sentar a un pobre en tu mesa por Navidad, campaña que fue motivo de la película Plácido del cineasta Luis García Berlanga, rodada en los años 60.

El gran jefe me explicó que era potestad del invitado elegir el menú servido o solicitar otro. Tirándome el pisto le comenté, que dada la oportunidad que me otorgaba, prefería elegir otro. En un abrir y cerrar de ojos desaparecieron los menús servidos y empecé a pedir por mi boquita. De entrantes le sugerí unas raciones de queso manchego, algo de jamón de Jabugo, morcilla de Burgos, chorizo y cecina de León. Cuando empezó a aparecer la pitanza, lo que inicialmente era un murmullo se convirtió en jolgorio y cháchara divertida de los presentes. Le sugerí también algunos vinos para acompañar. Gambones a la plancha con escamas de sal. Aquello empezaba a tomar color, pero faltaba lo mejor. Pedí chuletillas de cordero lechal, panceta y butifarra braseadas. Aquello era una provocación que contravenía los principios de la dieta mediterránea, pero nadie se quejaba y se dio buena cuenta de lo servido. Finalizó el evento con algunos brindis y aplausos hacia la presidencia, que a su vez me agradeció la participación y elección de los manjares servidos.

Como si ya tuviera cogida la hora apareció el celador que me devolvió a mis aposentos. Habían pasado tres horas, perdida la siesta y una sensación en mi cuerpo de haber vivido una experiencia berlanganesca. Todo aquel personal acabada la pantagruélica comida, debería incorporarse a sus quehaceres, y muchos de ellos, con una digestión y cuerpo serrano, después del subidón de colesterol ingerido. No era mi problema. Yo había cumplido con el papel asignado y cada mochuelo a su olivo.

Pocos días después se presentó en la habitación un auxiliar portando un sobre a mi nombre que me fue entregado. Se trataba de una factura informativa, sin valor contable y fiscal, en la que se detallaba el coste del desperdicio alimenticio de los menús hospitalarios rechazados el día de marras.

Embrollado estaba en cómo darle fin al relato, cuando de forma sorpresiva, apareció él, el dios de los negocios, el tito Floren, en el vestíbulo principal del hospital, rodeado y seguido por un nutrido e infranqueable séquito de trajeados y personal sanitario. No sé de dónde venía ni a donde iba, pero seguro que rumiando la derrota hispalense de la noche anterior. Altivo, con ese aire de hombre importante y vencedor, al que nada se le resiste. De andar con los hocicos metido en este macro hospital, construido por una de sus muchas empresas, y con un rédito importante de millones de euros a su favor, ahora seguiría con algún negociete relacionado con la sanidad, de los privatizados. Por esta causa a él le iba a endilgar la cuenta de la pantagruélica comida. Porque me daba la gana. Ea!

viernes, 16 de febrero de 2018

Olores



- Hola guapetón, qué tal estás?

Me dio dos sonoros besos, un achuchón, y dijo

- Uhm... hueles a hospital!

No es de extrañar, llevo aquí diez días encerrado y uno acaba impregnándose de los olores dominantes de los sitios donde habita. Pero ¿qué es eso de oler a hospital?, ¿hay un patrón para definir el aroma de enfermería?. Mi vasta experiencia policlínica me dice que no, en los hospitales se puede oler, poniendo un poco de predisposición, a todo, tanto en personas como en inmuebles. Hay que poner narices e inclinación a ello, y como todo en la vida, algo de rigor y disciplina, y por supuesto, la experiencia ayuda bastante.

El personal sanitario, por lo general, huele neutro, a asepsia, apreciándose en contadas ocasiones, suaves toques de aguas florales y cítricos, inevitables si han pasado como todo hijo de vecino por la ducha y tienen esas inclinaciones de perfumería, aunque creo que deben tener indicaciones especificas de restricción de uso de fragancias en el desempeño de su trabajo. O eso pienso yo.

También y por desgracia de todos, profesionales y pacientes, en algunas zonas tanto públicas como de uso privado, huele a orines, a puta inmundicia de cloaca, a sifones pestilentes de mugre. No se salva ni un rincón, y si se trata de construcciones viejas, más aún. Ya puedes hacer que corra el agua, de momento desaparece, pero al rato vuelven las hediondas emanaciones. Son olores fuertes, desagradables, como a los de planta de residuos urbanos, existiendo entre ambos un término medio vegetal como es el de ova de río moribundo.

En los sanatorios y especialmente en algunas zonas de ellos, que no suelen estar a la vista, huele fuerte, a ácido, huele a química. Suelen ser los sótanos en los que se ubican las zonas de oncología. Huele a tratamientos quimioterápicos y radiológicos, que tienen nombres enrevesados y tóxicos, y mantienen una equidistancia variable con la muerte.

También huele a cocina, y en determinadas horas del día, a cafelito recién hecho, a tostada de pan con aceite y sal. Esas emanaciones tan tenues y cercanas no sé cómo escapan de cocinas y cafeterías, expandiéndose por pasillos, despachos, controles y habitaciones, dándote la falsa sensación que estás en tu casa. Son trucos que utilizan los gerentes y directores de hospitales para hacer más agradable la estancia de pacientes y enfermos. Pero no cuela, porque luego a la vista y sabor del rancho cuartelero diario, ponen a cada cual en su sitio.

La mezcla de todos esos vahídos, aliñados con los productos de desinfección y limpieza de suelos y otras superficies, las exudaciones corporales de medicamentos, y las emisiones extrañas de otras actividades presentes en algunos hospitales, como peluquerías, pastelerías, librería y prensa, bancos, configuran probablemente lo que hoy llamamos olor moderno a hospital, que nada tiene que ver ya, con el tradicional a galeno, farmacia y zotal de toda la vida.

Bueno pues según mi amiga a eso debo oler yo. Cuando ya creía que había salido del bucle olfativo, otro bofetón me trajo el recuerdo a mi madre que en la cercanía de la mar, y la espuma juguetona provocada por las olas en rompientes y rocas, decía que olía a yodo, invitándome a respirar profundamente, pues según su sabiduría sanitaria, eso era bueno para las vías respiratoritas y la glándula tiroides.

Los vapores a establo de vacas, a heno de prao segado, a pan recién hecho, iban y venían en mis recuerdos.
De ahí salté sin quererlo, seguramente porque ya era hora de pitanza, a los olores de ollas de guisos de cuchara contundentes. Pasaron por delante de mí los inconfundibles del cocido de garbanzos con todos sus aditamentos de verduras, carnes y embutidos; las judías estofadas con oreja de guarro; los callos y manitas de cerdo; las migas de pastor; las gachas; las papas guisadas con cualquier cosa; los pucheros...

- Bueno guapetón me tengo que ir. Me alegro que estés tan bien y que pronto te den de alta.

No sé el tiempo que había pasado. Durante ese ínterin no pronuncié palabra. Ella no paró de hablar y gesticular. Desconozco si percibió mi abstracción que procuré disimular mirándola frecuentemente a los ojos, asintiendo -según me contaba-, con gestos, intentando estar presente sin estarlo. Hacía tiempo que no la veía, bueno últimamente algo mas, tras muchos años de silencio tras nuestra ruptura. Seguía igual, eso sí, con el gasto de los años transcurridos, que a todos pasa recibo.

Mantenía esa sonrisa permanente y picarona, esos ojos rasgados, de color verde turquesa, sus graciosas muecas y mohines. Aunque con algunos kilos de más, se mantenía en forma, enérgica y activa como siempre la conocí. No había perdido ápice de carácter. Me seguía gustando por eso.

Su piel mantenía ese color tostado de verano, hombros caídos, brazos fuertes, pechos grandes, prietos y ceñidos, y piernas bien torneadas y firmes. Era de estatura media, pero su jovialidad y actividad la hacían parecer mayor. Siempre dispuesta al combate, a la batalla, al cuerpo a cuerpo, que era quizás donde menos la conocí. Olores personales.



martes, 2 de enero de 2018

Me gusta el foro






Me gusta la capital. Parece mentira que haga esta afirmación,  cuando treinta y cinco años atrás, puse tierra y mar de por medio. Durante mucho tiempo no quise saber nada del foro, y ahora por circunstancias de la vida, vuelvo a andar por ella, y vuelvo a cogerle ese gustillo que me entró por los huesos la primera vez, en otoño del año 1971. Aquel año, el que huía no era yo, aunque de alguna forma sí, ya que forzado, acompañaba a mi padre, que también había salido en estampida del lugar donde vivíamos.

Cuando más de tres décadas atrás deserté, emulando los pasos de mi padre que antes lo había hecho, la máxima que seguíamos era el repudio a la ciudad que nos daba cobijo, pero donde ya no se podía vivir, por su maltrato y asfixia. Había que recuperar las raíces, volver al campo. Esa era la teoría, la pura entelequia que muchos emprendidos en aquellos años, y en la que hubo distintas suertes. Muchos quedaron en el empeño, otros fracasaron, y los que como yo aguantamos estoicos renunciando a un modo de vida, ahora miramos atrás nostálgicos, con una mezcla de equívoco y falsa reafirmación.

Las calles de esta gran urbe están llenas de vida, de actividad, de ajetreo continuo. Siempre que vuelvo sorprende esta vitalidad, que a pocos kilómetros, nos más de cien, algo más allá del extrarradio no existe, se extinguió, o más bien nunca fue porque no se necesitó.

En la perspectiva del paso de los años, las diferencias que siempre hubo entre la urbe y el campo, cada vez son mayores y brutales. Cien años han pasado del camino polvoriento, que salvando la vaguada del Guadarrama, conducía a Navalcarnero y era transitado por diligencias, que relataba Arturo Barea en su trilogía. Hoy esa ruta, antes camino de bestias, es una riada continua, noche y día, de vehículos, una arteria que mantiene, junto a otras, el pulso de la metrópoli.

Hoy, la mañana de Madrid lucía fría y luminosa, vista desde las afueras, desde la llamada sarcásticamente la Moraleja del Sur, se mostraba hundida en un manto espeso de contaminación, ese que en años secos y con temperaturas por encima de lo normal, se mantiene permanente durante semanas y va tornándose con el paso de los días en una amenazadora nube gris dañina. 

miércoles, 16 de agosto de 2017

Comida de hospital





Probablemente este sea un asunto de los mas vituperados entre pacientes y familiares, usuarios de la sanidad, que pasan periodos hospitalizados y son alimentados durante su estancia, por los propios centros o por empresas externas -cada vez con más frecuencia-, contratadas para tal menester. Seguramente hay opiniones para todos los gustos sobre la calidad y cantidad de esta pitanza. Mi experiencia y opinión sobre el particular, en los periodos que he estado ingresado, ha sido al principio de condescendencia y aceptación, y últimamente, crítica y beligerante, según he ido descubriendo el engaño que rodea el asunto.

En pocos años hemos pasado de la suave y ligera panga, desaparecida afortunadamente de los menús, por la polémica sobre su origen, crianza, alimentación y contaminación, a esas pescadillas-merluzas congeladas que te sirven en rodajas, mal hervidas, presentadas sin sabor e imposibles de comer, ya que más parece estás masticando estropajo que pescado. Sospecho que estos menús-dietas son diseñados y gestionados por conspicuos nutricionistas y ejecutados por cocineros, en general, faltos de recursos, con productos de calidad media-baja, y que carecen de imaginación en su elaboración. Es un suponer.

Desde la perspectiva de un humano no perteneciente al selecto y desarrollado mundo occidental, lo que aquí afirmo y argumento, seguramente es una sarta de imbecilidades y fruslerías, comparadas con los problemas reales que esas sociedades tienen para el acceso a derechos y servicios fundamentales de los que carecen: agua potable, vivienda, alimentación, y más aún a la sanidad, la educación, el trabajo...

Volviendo al tema de la alimentación en los hospitales y otros centros asistenciales, supongo que existe una variada gama de menús para atender las particularidades y necesidades de cada tipo de paciente, desde aquellos que precisan dietas específicas y limitadas en función de su estado y dolencia; pasando por las intermedias, con restricciones de algunos elementos (potasio, sal...); a las normales, cocinadas con poca grasa, sal y presencia abundante de verduras.

Sorprende que en algunas de esas dietas, cuando no son de obligada prescripción, y se permite al paciente su elección, figure la posibilidad de preferir mantequilla, bollería, o por poner un caso sangrante, ese invento suizo llamado San Jacobo, que con queso, jamón de york, y un espeso y aceitoso rebozo, quiere parecerse a nuestros monumentales e inigualables cachopos. Los socorridos caldos de ave, solos y escurridos, o con presencia de arroz, pasta o verduras, no tienen por qué ser agua caliente con color, ya que no es tan difícil aportarles algo de alegría y sabor, con una pizca de hierbas aromáticas, ajo, azafrán u otras especies y condimentos. Lo vuelvo a decir, lo que falta es imaginación en esas cocinas y catering.

Se puede hacer una larga lista de horrores culinarios. Otro ejemplo, que solo de leerlo produce escalofríos, pollo hervido sin piel. Te presentan un muslo y contra de esta guisa, así tal cual, cuando deshuesarlo y suministrar exclusivamente la carne magra con una ligera salsa, mejora notablemente el plato, haciéndolo más apetecible.
En materia de pescado impera el llamado fogonero o carbonero, de carne y textura parecida al bacalao, tiene un pase, pero depende mucho de la preparación. Se tiran el pegote llamándolo fogonero a la bilbaína, pero queda en eso y nada más, o rebozado a la romana.

En un hospital una dieta baja en potasio significa que te privan de numerosos alimentos habituales en nuestra alimentación diaria, entre otras, las legumbres, muchas verduras, algunas frutas, las papas, los frutos secos, y un largo etcétera. Si además a ello le unes las otras restricciones que ya tienes por tu estado de inmunodepresión, estás literalmente en pelotas.

Nunca me he quejado de la alimentación hospitalaria. He hecho de tripas corazón y he achantado con lo que tocaba, pero en el último ingreso y la vuelta a la tortura de la dieta baja en potasio, he estado inapetente durante unos días y comiendo poco. Sin quererlo me lo han puesto como vulgarmente se dice a huevo.

- Qué tal come? -me pregunta la médica de turno.

Respondo que regular, que llevo unos días ingiriendo poco alimento.

- Es que no me extraña, la comida del hospital deja bastante que desear, me dice.

No me deja responder y prosigue proponiendo que me traiga de casa la comida que me guste. Le contesto que eso es difícil, porque resido a mas de cien kilómetros del hospital. Me sugiere entonces que la encargue a algún establecimiento próximo, pero que coma lo que me apetece y guste.

Me quedo a cuadros con la proposición que supone a mi entender un reto y provocación, pero que no deja de ser curiosa, cuando además procede de un profesional sanitario. La noche de ese mismo día, y aprovechando que cerca del hospital hay lugares de compra accesibles, la inicio. En lugar del caldo caliente escurrido, me tomo un vaso de gazpacho, que me sabe a gloria, y que comparativamente es como tomarte un vaso de agua caliente y un chute de minerales y vitaminas. Como a todo le tengo que poner peros, desde el primer sorbo, noto que va cargado en exceso de pepino, lo que se nota enseguida porque repite en demasía. Leo luego las leyendas de componentes y valores nutricionales del tetrabrik. Está fabricado en Murcia, cuna de las conservas vegetales, como si en otros lugares de nuestro solar, no se hicieran conservas tan buenas o mejores que allí. 95 % de verduras frescas (tomate, pepino, pimiento, ajo y cebolla); aceite de oliva virgen extra, vinagre de Jerez, pimentón, sal... Para tratarse de un simple gazpacho, se han pasado cuarenta pueblos, catalogándolo como producto "gran gourmet", miserias de la mercadotecnia.

La segunda indisciplina de la cena la cometo con los 30 gramos de pan en forma de bollo diminuto que te surten. Lo relleno de abundante mortadela de Bolonia. No voy a entrar en su origen, denominación, etiquetado, porque el conjunto de la bandeja de la tal mortadela loncheada, es un dechado de fraudes y mentiras, a cual más gorda.
Me he saltado las normas, pero no tengo el más mínimo resentimiento, al día siguiente la analítica cantará si hay algo mas alterado de lo habitual, cosa que no va a suceder, sino todo lo contrario.

Prueba de que el sistema sanitario en estos temas está fuera de lugar e infiltrado de intereses económicos, que prevalecen por encima de la salud y bienestar de los pacientes, es que en muchos hospitales se permite la instalación y venta a través de maquinas auto expendedoras, de toda una batería de snacks cargados de grasas hidrogenadas y bebidas azucaradas nada saludables.  Todo vale.

sábado, 17 de junio de 2017

Eran tiempos

La "Cirila", hacía el trayecto entre San Benito y el Bº Nuevo, en La Laguna (Tenerife)

Los años de la niñez fueron tiempos convulsos, plagados de echos dramáticos, magnicidios, muertes... eso es al menos lo que ha quedado registrado en los anales de la Historia. Para un cándido y despreocupado infante esto no tuvo ninguna relevancia ni se entendía, porque además en el lugar de residencia, esos ecos llegaban -por lo general-, apagados y distorsionados, un espacio insular de esos ahora llamados periféricos.
Fueron tiempos de guerra fría, de enfrentamiento y crisis armamentística entre las dos grandes potencias mundiales del momento, de tu madre subiendo la escalera diciendo nerviosa que habían matado al presidente (J.F. Kennedy). Tiempos en los que otros asesinatos, los de MalcomX o Martín Lutero King, no tuvieron la misma resonancia. De la muerte de Juan XXIII, el papa bueno. De la ignominiosa guerra de Vietnam, del primer trasplante de corazón a cargo del doctor Ch. Barnard o de la llegada retrasmitida por TV del primer hombre a La Luna.
Eran tiempos en los que estos hechos llegaban a ti por los comentarios familiares o por las revistas del momento que encontrabas en tu casa, especialmente la americana Life, con imágenes impactantes que han quedado impresas en tu retina y cuya edición en español tenía un marcado tinte ideológico anticomunista y de idealización del estilo de vida americano.
En tu mundo cercano fueron tiempos de huelgas de los trabajadores de las guaguas, aquellos transportes públicos de madera, montados sobre chasis y motores extranjeros, que articulaban y comunicaban el territorio de cada isla. En los días álgidos de la lucha -fuertemente reprimida y perseguida-, la visión de guaguas quemadas o con motores inutilizados por la adicción de azúcar o agua a los depósitos de combustible y así los huelguistas impedían el trabajo de los esquiroles.
Eran tiempos en los que por las mañanas se podían oír los zumbidos y ronroneos de los motores de camiones que trasportaban todo tipo de mercancías del puerto al norte de la isla. El tráfico pesado, desviado por las obras de la autopista principal que unía la capital con el aeropuerto, ascendía por la antigua carretera general, giraba a la izquierda en la Cruz de Piedra hasta la glorieta del Padre Anchieta, y de allí enfilaba a los municipios norteños de la isla. Llegaste a desarrollar tal destreza auditiva, que sin mirar, sólo por el ruido que emitían, lograbas diferenciar entre las diferentes marcas de vehículos que había, inglesas, alemanas...
Fueron tiempos de instituto público en el más antiguo de las islas, un viejo convento agustino de mediados del siglo XIX, con un patio interior frondoso, donde ya tus hermanos habían dejado un buen rastro académico que pesaba sobre ti como una losa, pues no te gustaba estudiar y el aprendizaje era lento y tedioso. Lo tuyo era estar permanente en las musarañas y en la calle. Tiempos de enfrentamientos incomprensibles entre bandas de pibes de distintos barrios, que dirimían sus supuestas diferencias a palos y pedradas. De partidos de fútbol en campos polvorientos imaginarios acotados por piedras. De los primeros cigarros mentolados fumados a hurtadillas en los tubos de las cunetas de la vía palmerada de acceso principal a la muy noble y leal ciudad. De las matinés abarrotadas de pibes los domingos por la tarde en el cine Dácil. De los juegos al escondite en el barrio, en las noches calmas y calurosas. De las llamadas a timbres de casas y carreras.
Fueron tiempos de tardes entre anaqueles plagados de libros y revistas de la biblioteca universitaria, que te dejaban fisgonear y hojear, y que a buen seguro despertaron una imaginación aún mayor de la que tenías. De patines de ruedas sobre las losetas destartaladas de una plaza, en su tiempo mayor, que recuerdas poblada por centenarios laureles. De las tormentas y trombas de agua, que anegaban calles, y corrían con violencia y fuerza por desniveles, barrancos, avenidas y carreteras, arrastrando a su paso todo lo que encontraban. De otras tardes acompañando a tu madre en su labor de profesional sanitaria por los núcleos míseros y atrasados de El Rosario, donde a cambio del servicio podía recibir, en el mejor de los casos, productos de la huerta: papas, cebollas, ajos, algunas frutas. Del sentido y significado del término "tener fuerza en la vista" y "mal de ojo", una enfermedad cultural muy arraigada en comunidades rurales.
De los días lluvioso en los que un simple trozo de palo o madera, una leve astilla, cual embarcación, surcaba las aguas que se acumulaban y corrían en los bordes de las calles, y avanzaba buscando los puntos más bajos, que normalmente concluían en tu casa, a la que llegabas chorreando agua. Fueron tiempos felices, inocentes, despreocupados, que de buenas a primeras cambiaron bruscamente cuando te anunciaron que te ibas lejos de allí, a pasar una temporada, a otras tierras, a una capital castellana del norte. Asumiste la orden porque no te quedaba más remedio, y no fuiste consciente de su gravedad y envergadura hasta que empezaste a experimentar el brutal cambio en carne propia. La separación familiar, ese mundo nuevo que no conocías, el cambio de hábitos y rutinas, el sometimiento a una férrea disciplina, hicieron mella rápidamente y dejaron una huella que marcó tu futuro, te hizo más fuerte y resistente.



domingo, 26 de marzo de 2017

26 de febrero, domingo


 Medición de azúcar en sangre.

El fin de semana ha pasado sin pena ni gloria. Anodino. Las visitas de la médica de guardia, el trajín del personal sanitario y auxiliar, y poco más. No ha habido menú especial por ser día feriado, ni celebraciones, ni algarabías. Los paseos, cada vez más largos, por estos pasillos interminables que en estos días están desiertos, han sido frecuentes y con la mascarilla amarrada al hocico cada vez que salgo de la habitación. Es una de las instrucciones y norma de protección en los próximos meses. En el hospital siempre con máscara, y fuera de él, evitar ambientes contaminados, muy concurridos o en los que puedan existir focos de polución.

La mama vuelve por la tarde noche y me cuenta los quehaceres. No ha parado. Ha traído a sus vástagos una empanada y un rollo de carme asada. Me relamo. No paso hambre, pero la dieta hospitalaria es justa, y más ahora que es baja en potasio. Ya no puedo elegir menú como estos días atrás. Ahora tengo que tragar con lo que viene de la cocina siempre marcado en letra mayúscula BAJA EN POTASIO. Otro de los problemas a raíz del tratamiento de corticoides e inmunodepresores ha siso el azúcar. Nunca lo había tenido, ahora está disparatado y me tienen que pinchar insulina cada dos por tres. Espero que esto se corrija y normalice, de lo contario vaya coñazo.

viernes, 24 de marzo de 2017

24 de febrero, viernes




Este fin de semana han acordado que Marga, mi fiel y paciente acompañante de estos días. Mi cuidadora permanente, pendiente de los detalles, quien me asea por las mañanas, me tapa cuando me desarropo, me auxilia cuando lo necesito, desconecte y se vaya de descanso.

En su lugar quedan mis hijos Mauro y Marcos, un día cada uno, que comparten gustosos esta tarea, y suplen a su madre.  Me gusta este detalle y aunque los dos viven y laboran en Madrid, sus ocupaciones no les permiten estar más tiempo conmigo de lo que desearían. Es importante y valoro en estos momentos la cercanía de los míos.

Es algo que yo no supe hacer con mis mayores, tachón que no me perdonaré jamás. Ellos afortunadamente en este sentido están hechos de otra pasta, lo que valoro y les agradezco.

miércoles, 22 de marzo de 2017

23 de febrero, jueves



 Juancar y Milans del Boch, bocata en ristre y colegas de toda la vida.

Todo ha ido bien en la semana. Tal es la mejoría que me dicen que si sigo así se plantean darme el alta hospitalaria en una semana. Recibo la noticia con mezcla de incredulidad e ilusión. Me parece imposible, me hablaron de un mínimo de treinta días de estancia. Aunque la situación es tremendamente monótona y aburrida, no me importa permanecer aquí el tiempo que se precise.

Rememoro con mi sobrino que ha venido a verme la efeméride del día de hoy. Me pregunta qué estaba haciendo y dónde me encontraba ese día del año 1981. Le cuento. Ese día tenía Facultad por la tarde. Una vez en clase nos dijeron que se suspendía la docencia y nos desalojaron. No recuerdo cómo fue el regreso a casa desde la Complutense, pero sí las horas posteriores al golpe, la noche y la madrugada. Y la espera interminable de lo inmediato que no llegó: redadas, detenciones y un calvario de penurias.

También de la multitudinaria manifestación una vez fracasada la intentona. Todo el mundo se echó a la calle: Atocha, Paseo del Prado, Neptuno, Cibeles... eran un hervidero de gente y un clamor contra la asonada y en favor de la democracia. No recuerdo manifestación tan masiva en el período de engaño llamado Transición.

Es preciso recordar, ubicar los sucesos y acontecimientos en su momento histórico, evitar las manipulaciones y tergiversaciones que permanentemente tratan de reinterpretar lo sucedido en aquellas jornadas, y sobre todo, buscar los orígenes, causas, y evitar que se reproduzcan.

lunes, 20 de marzo de 2017

20 febrero, lunes




El equipo médico pasa temprano. Tras las presentaciones y preguntas de rigor:

- Qué tal está, cómo se encuentra, le duele algo...?

Me sueltan la píldora endulzada:

- Le vamos a suministrar tres bolos de corticoides para atajar el principio de rechazo que presenta. En la eco todo es correcto, no se observa anomalía, pero es necesario rebajar los niveles de transaminasas. No le haremos biopsia.

En las horas siguientes y a través de la vía principal que tengo instalada en la vena yugular, cual racimo de pendientes, empiezan a meterme droga dura que me pone en órbita, en estado hiperactivo. Conozco la sensación, es el mismo fármaco que me daban en la época de la quimio. Todo sea por la causa de evitar problemas y posible rechazo.

Hoy se cumple el décimo día de hospitalización. A pesar del revés aparecido, propio en un proceso que tiene altibajos, me dicen que no hay que preocuparse, que es casi normal que esto ocurra. Eso dicho por el gran jefe cirujano burgalés, que aprendió la técnica de los trasplantes allá por los años 80´del siglo pasado, practicando con cerdos de granja, me tranquiliza. Glup!!

Es el mismo cirujano que a mitad de la intervención y cumplido su turno de actuación, salió de madrugada a informar a la familia de cómo había ido la extracción  e implante, y decir que se iba a descansar un rato, por si le necesitan y tenía que volver. Me cae bien este hombre que se mantiene en un segundo plano. Observa y deja hacer al equipo que le acompaña.

Todos los días me auscultan pecho y espalda en búsqueda de ese ruido pulmonar. Cada vez hay menos y el dolor remite.

sábado, 18 de marzo de 2017

19 de febrero, domingo


He descansado algo mejor. Los domingos son días de visitas y baja actividad hospitalaria. Estos detalles -para el que está ingresado-, son de poca importancia ya que tenemos los mismos horarios; el día transcurre con igual lentitud y ese cansineo a cámara lenta puede acabar con los nervios más templados. Vuelve la doctora a decirme que me bajan para hacerme una resonancia hepática.

Ya es la segunda que me realizan. Lo que tenía que haber sido un trámite de media hora, se convierte en algo interminable. El ecógrafo con el que tienen que hacer la prueba no conecta con mi historial. Las tres operadoras que lo tienen que hacer temo no tienen la experiencia adecuada en el manejo del aparato. No se ponen de acuerdo, dudan... Asisto a la escena impasible, pero me llevan los demonios por dentro. La que parece lleva la voz cantante, una joven médica cubana, toma la iniciativa. Yo estoy ahí, pero me ignoran, como si no existiera. Este hospital, aparte de universitario, se ve que tiene mucho también de internacional. Me embadurnan el abdomen con ese gel frío que les ayuda a hurgar con la cámara, obtener las imágenes y captar los sonidos de válvulas y arterias con esos ecos de profundidad marina. A las primeras de cambio me percato de la poca destreza y brusquedad en el manejo.

- Respire hondo, aguante, no respire..., -así una y otra vez.

A la jodida se le olvida decirme que respire, y esos segundos sin fuelle se hacen interminables. Después de una veintena de inspiraciones sincopadas, estoy más cansado que una liebre en carrera delante de una jauría de perros. Creo que el ecógrafo se solidariza conmigo ya que no para de emitir sonidos extraños, agudos, quejas y protestas. A estas pruebas ya les tengo cogido el tranquillo, y soy experto en el sonido de máquinas y motores, fundamental para su mantenimiento y eficacia. A este paso ni la más sofisticada tecnología aguanta el envite.

Vuelvo a la habitación espantado. Eso por ser domingo.

viernes, 17 de marzo de 2017

16 de febrero, jueves



Después de una noche mala, en la que escasamente he pegado el ojo una hora, muy temprano comienza el zafarrancho hospitalario. He orinado poco, estoy reteniendo líquidos y las extremidades presentan hinchazón. Extracción de sangre, toma de tensión y nivel de oxigenación, aseo, inmunodepresores, desayuno, nueva toma de fármacos. A pesar del cansancio decidimos que hay que moverse y me atrevo a dar el primer paseo corto por el pasillo de la planta.

Me rilan las piernas, así que cualquier precaución es poca. Arrastro los pies. Soy incapaz de doblar las rodillas.

jueves, 16 de marzo de 2017

15 de febrero, miércoles


Me dan el alta a planta. En estos días transcurridos he ido conociendo algunos detalles del injerto, he puesto cara al equipo que intervino en el trasplante. He podido preguntar y resolver dudas. Me siento protegido y muy arropado. Me dicen que mi aspecto, color de piel y otros detalles externos han cambiado para mejor. Que ha desaparecido ese color mortecino que tenía y he recuperado el brillo de los ojos. Que mi hígado estaba muy deteriorado, hinchado por la fibrosis y cirrótico. Con una cicatriz marcada de cuando cauterizaron el hepatocarcinoma y a punto de colapsar. Que el nuevo injerto procede de un varón y que su implante se ha visto favorecido por la similitud de tamaño y coincidencia de calibres de venas y arterias. Y que una vez conectado, entró en funcionamiento rápidamente en su labor filtrante y de generación de energía vital.

Me duele algo el pecho. Un dolor punzante que unas veces se refleja en el costado izquierdo, y otras, en la espalda. Ese dolor casi permanente se mitiga bastante con los chutes de analgésicos cada ocho horas, pero ahí está.  Limita mi capacidad respiratoria, y sobre todo, por la noche, genera una sensación de ahogo chunga, de falta de aire, que te impide conciliar el sueño. Me dicen que es un derrame pleural, derivado de la intervención y de la manipulación de las entrañas. Que pasará. A pesar de ello y para no arriesgar vuelven a realizarme multitud de pruebas, que descartan la existencia de otros problemas.

Paso todo el día tranquilo en la habitación, parte tumbado en la cama y el resto sentado en la butaca. Aunque no noto la cicatriz, si actúo con precaución. Me han rajado el abdomen, de lado a lado, y ahora es una cremallera de sesenta y cinco grapas, a la que he puesto el nombre de la Zapatista, en honor al cirujano que la cosió, oriundo del otro lado del charco, al que pregunte si sabía cuántas me había puesto.

- Unas treinta, -me contestó.
- Entonces no es solo obra suya, -le dije.
- Ah! sí, al otro lado había un colega haciendo lo mismo, -confirmó.

Me siento cansado y muy débil.

lunes, 13 de marzo de 2017

10 de febrero, viernes

 Hospital Universitario Puerta de Hierro. Majadahonda (Madrid).

Otro día de mucha faena. Empiezo pronto, la mañana discurre rápida, y como casi siempre, atiendo lo urgente e inmediato, aplazo lo menos perentorio para otro momento, casi siempre para los próximos días, y el resto, lo registro, quedando para cuando se pueda, que normalmente es nunca, porque carece de relevancia.

La hora de la comida llega rápido. La misma rutina de todos los días, los mismos tiempos, los mismos comensales. Nos hemos quedado solos y el abuelo, que acude puntualmente a la cita y ritual. Hoy tenemos arroz tres delicias y calamares a la romana. En quince minutos todo está despachado y cada mochuelo vuelve a su olivo.

Me voy a la habitación a intentar conciliar un sueñecito y siesta reparadora. En eso estoy cuando suena el teléfono, número largo que empieza por 630... Sé quien me llama: ellos también tienen sus horarios y procedimientos, y esta es la cuarta vez en trece meses y va a ser la definitiva. Lo presiento.

- Diga.
- Juan, qué tal estás?
- Bien -el corazón me late a cien-.
- Soy María, del equipo de trasplantes, tienes que venir urgentemente, hay un órgano disponible de tus características.
- De acuerdo, voy para allá. En algo más de una hora estoy ahí -contesto-.

Subidón de adrenalina. Salto de la cama como un resorte. Voy al salón:

- Vámonos, que han vuelto a llamar.

Quince minutos más tarde ya estamos en ruta dirección a la periferia de Madrid, autovía de Extremadura ahora llamada del Oeste, M50 y fin en Majadahonda, a ese hospital que parece una ciudad en pequeño, del que dicen que Florentino Pérez obtuvo por la venta de sus derechos de explotación 44 M€ limpios de polvo y paja, y dónde desde hace cuatro años llevan mi historial clínico y me han salvado la vida, a punto de un si no es.

A eso de las cinco de la tarde ya estoy fichado en urgencias e identificado con esas pulseras que serán compañeras de viaje los días de hospitalización. Me informan que el equipo de trasplantes ha ido a ver y extraer el órgano del donante cadáver, y que en función de su estado, decidirán. Los grupo sanguíneos de donante y receptor coinciden, condición indispensable.

Ahora toca pasar a la fase de los preparativos y esperar. Pruebas previas de estado. Rasurado, desinfección externa y lavativa purgante para expulsar todo lo que llevo dentro. Han pasado ya tres horas y todavía no sé nada. Estoy tranquilo y seguro de que esta no se me escapa como las anteriores. Soy el más antiguo de mi grupo de trasplante, y el tiempo inicial de espera indicado, se ha sobrepasado con creces. Rápido salgo de dudas, la coordinadora de trasplantes, una gallega que se las sabe todas, curtida en estas lides, que contesta a tus preguntas con otra pregunta y que no suelta mas prendas que las necesarias, aparece nuevamente en escena para espetarme:

- Nos vamos al quirófano.

Ya es noche cerrada. La camilla llega pronto a la zona de quirófanos, donde todo acontece de forma rápida. Una mantita térmica para protegerme de la gélida estancia, unas palabras de ánimo y el anuncio de que me voy a dormir enseguida. Una mascarilla, adormecimiento y desconexión.


domingo, 12 de marzo de 2017

JUANITO RECUPERATE

 En el estanque del Parque del Retiro de Madrid

Estos tres muchachos de la foto, hijos de una gran compañera de trabajo, me visitaron una tarde en compañía de sus padres, durante la hospitalización. Me regalaron un cuaderno negro con páginas rayadas horizontalmente, para que escribiera. Rotularon con letras adhesivas de orla dorada la tapa exterior con el texto "Juanito recupérate". Un obsequio y gesto que les agradecí, y que tendré tiempo de recompensarles. Son pequeños, no sé si plenamente conscientes del significado de su acción, pero el convencimiento y desenvoltura de ejecución de la entrega me conmovió y llegó al corazón.

Y eso es lo que he hecho: escribir. No todo lo que hubiera querido, pero si he ido registrando aquellos pensamientos que han surgido en el nuevo y estrenado estado de trasplantado -una nueva vida me dicen-, y también aquellas observaciones y chascarrillos inevitables, que surgen con el paso de los días en la disciplina y rutina hospitalaria.

En próximos y sucesivos días iré colgando en este abandonado blog la "producción" manuscrita y recuerdos de 28 días de invierno, con inicio el 10 de febrero y final feliz el mismo día de marzo, esos días largamente esperados, y que durante más de un año me han tenido en vilo y tensión permanente las 24 horas del día, ojo avizor al teléfono y aviso, y con los movimientos limitados en un radio de acción de doscientos kilómetros y máximo dos horas de desplazamiento hasta el hospital. La espera ha merecido la pena, el objetivo cumplido. Paso página a otro suceso desagradable en mi salud. En los últimos 10 años ha habido unos cuantos episodios aciagos, que afortunadamente he ido superando. Soy un sobreviviente nato, lucho y me agarro a cualquier opción vital, por muy pequeña que sea y no tiro nunca la toalla: Hasta el rabo todo es toro. Así soy yo, cansino, constante, contumaz, pesado...

"Juanito recupérate" se lo dedico al trío infantil, a sus padres, a mi Morgui, a mis queridos hijos Mauro y Marcos, a la familia de Madrid que me ha acompañado, a la familia lejana que en paralelo están sufriendo también una enfermedad letal y destructiva, a los amigos que se han acercado a dar ánimos y a los de allá que han estado pendientes, a los compañeros y compañeras que se han interesado por mi estado. Se lo dedico a la vida y no digo más. 

miércoles, 9 de julio de 2014

Empezando a apuntar




El primero en llegar con chaleco fosforito me preguntó que cómo me encontraba. Bien, le dije.  Bastante aturdido aún pregunte qué había pasado. No se preocupe, me contestó, ya vienen de camino las asistencias. Al poco rato apareció un picoleto con gorra de plato, chaleco y ese pifanillo de luz fluorescente amarillenta. Me fusiló en el acto: a qué velocidad iba, llevaba el cinturón, me espetó. Nada de cómo está, le duele algo, no que va… Hijo de la gran puta¡¡¡ y con las mismas se fue.
Estaba encajonado en el asiento, apenas me podía mover, me dolía el pecho y empezaba a notar el frio de la madrugada. A duras penas recogí los enseres a mí alrededor. Las gafas que salieron volando, el móvil, apagué la radio, quité el contacto. De la parte delantera salía humo. El airbag me dijeron luego. El ambiente del habitáculo estaba espeso y picante,  también del gas que expulsa el sistema de protección.
Llegó una ambulancia que se situó delante. Había uno de atestados sacando fotos, la Benemérita volvía a la escena, pero sólo a tomar nota. Luego los bomberos, los putos amos del asunto. Pusieron a cada uno en su sitio y con destreza y rapidez me sacaron del vehículo en una operación limpia. De ahí a la camilla, a la ambulancia y al hospital.
Había vuelto a nacer. Escapé otra vez con vida de esos sucesos que nos ocurren, que no avisan y de los que inexplicablemente salimos indemnes o casi. En esta ocasión todo fue tan rápido, que no hubo tiempo para repasar mentalmente nada, como dicen algunos en similares trances que ocurre: toda tu vida se concentra en segundos y pasa en un fogonazo por tu imaginación.
No, ahora no. Me agarré con todas mis fuerzas al volante y noté como del impacto, el motor caía al suelo y el vehículo se arrastraba un trecho largo, hasta que quedó detenido en la mediana. Silencio, asfixia, dolor y rabia. Que había pasado. Alguien que me precedía se despistó, se salió de la vía, volvió a entrar, choco con la mediana y quedó atravesado. Me lo llevé por delante. No vi nada, ni luces, ni destellos, solo un bulto atravesado cuando estaba a pocos metros de él, y ya no era posible sortearle.
Todos me hablan de la buena suerte que he tenido. Cierto. Que me olvide de los daños, que lo importante es poderlo contar. Son una serie de sartas y latiguillos que se dicen en ocasiones de este tipo. Está bien, si, pero no te puedes olvidar de la imagen del instante fatídico. Se te aparece en el momento más insospechado, se repite machaconamente, te hace encogerte en sueños, y ahí está la muy condenada y estúpida. Persiguiéndote como una bicha mala.
Han pasado los días y sigues recuperándote lentamente del shock, de las lesiones físicas, algunas de las cuales no tienen remedio, ya que han venido a agudizar otras óseas que ya había. Vuelves a intentar encajar tu vida y actividad en la rutina habitual, y poco a poco lo vas consiguiendo. No sin dificultad y malos ratos.
Piensas. Estás hecho ya un carcamal. Lleno de achaques y goteras. Te vas encorvando como los viejetes, sólo te falta la boina y la garrota. Tengo que irme de aquí, llevo tentando la suerte mucho tiempo, y hasta ahora ha salido bien, pero ya toca cambio de tercio y de aires. Vamos a intentarlo.
La segunda parte de esta historia está por escribir, tiene que ser feliz y placentera, y ya ha empezado a apuntar.